Escucha quien cuenta…

TENEMOS CASA NUEVA

[…]La casa quedaba cerca del cementerio, donde estaba enterrado el abuelo. Tenía una capilla.
A mamá le vendría muy bien, porque, entre los dos lugares, la nonna se entretendría sin incordiarla en la cocina -la pasaba muy mal con esto de que cada dos por tres arruinaba la comida, echándole sal en cada oportunidad que se acercaba a la cacerola, además, de lo que mamá le hubiese agregado antes-; también, tenía un dormitorio para mi hermana Lucía y yo, y un cuarto al fondo, donde papá podría ensayar con su clarinete sin afectar al perro que sufría de los oídos y no toleraba el sonido agudo del instrumento; y de paso, que el resto de la familia se librara de sentir el lamento del animal haciendo un dúo forzoso con el sonido del clarinete; y para el pobre perro, sería un ahorro de patadas.
Sucedía cuando papá no lo soportaba más: el animal salía despedido por el aire y como un bólido atravesaba media casa y… ¡Quién sabe dónde iba a parar! Desaparecía por varios días.[…]

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